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My Diary

Hablar debajo del agua.

  • Foto del escritor: Ana Zöe B.P.
    Ana Zöe B.P.
  • 26 jun
  • 4 min de lectura

Soy de las que van por la vida anticipándose a la caída.


Lumia y mi abuela, allá por 2014.
Lumia y mi abuela, allá por 2014.

En psicología lo llaman "ansiedad anticipatoria". A mí me gusta llamarlo "la coraza preventiva".

Imagina que llevas un chaleco antibalas hasta para nadar. Al final, terminas yéndote al fondo del mar con tal de sentirte constantemente protegido. No ves ni un pez. Ya sabes. "Por si acaso".


Pocas veces en mi vida no he estado serena ante el fallecimiento de alguien. Me suelen decir que estoy "demasiado entera" cuando sucede algo muy traumático o triste, pero es que yo ya había estado en esa escena muchas veces antes. En cada ducha nocturna. En cada paseo sola. Antes de dormir.

Yo ya había estado ahí. Ya había hablado con esa gente, ya había dicho esas palabras.

Ya había llorado esas pérdidas.

Mil. Veces.


El miedo a que un golpe de esa magnitud pueda romper mi sanidad es tal, que mi mente prefiere hacerse la herida y escarbar en ella muchísimo antes de todo. Antes.


[...]


Cuando me dijeron que mi gata Lumia iba a durar poco menos de un año, sentí esa fragilidad en mí.

Ese cristal que empezaba a romperse. Bueno, es cáncer, sabemos lo que es el cáncer. No has venido a tiempo, ¿habría cambiado algo si hubiera venido antes? ¿Era culpa mía?

Si pensaba que era culpa mía, no me centraría en hacer lo que tenía que hacer.

Y yo siempre, siempre, hago lo que hay que hacer.

Así que se hizo. Pero aún así, la contaminación había llegado a lugares insospechados.

Y era agresiva. Y quería quedarse con todo eso que yo quería, sin pedirme permiso ni saludar.


Entendí pues, que tenía eso, poco menos de un año para hacerme a la idea. Para sentir la despedida y poder quedarme con todos los detalles que pudiera. El olor, la suavidad de su pelo, el sonido de su maullido, su ronroneo, su forma de ser algo completamente distinto a un gato. Al menos, a mis ojos.

Lo guardé todo y pasó el tiempo, y con él creció mi entereza. "Va a pasar, es lo que es".

La gente me decía que se la veía muy animada y yo respondía lo mismo: "sí, pero al final, es lo que es".


Y pasaron los 9 meses siguientes.

Y la gata estaba completamente limpia.

Y no tenía ningún sentido.


Bueno sí, que su maravillosa veterinaria la hubiera limpiado tan bien que todo se hubiera quedado en ese ganglio contaminado, y en ningún lugar más. Qué difícil sería, ¿no?

Parece ser.


La lente de mis ojos ha cambiado por completo.


La coraza preventiva sigue ahí, pero ya no pesa como antes. Todos, tú y yo también, nos iremos en algún momento. Pero hoy no puedo señalarnos y afirmar que será, sí o sí, dentro de un año.

Quizás pueda señalarnos y decir "igual mañana que dentro de 10 o de 30 años" y estará bien.

Y podremos seguir con nuestros quehaceres sin el miedo pisándonos los talones. Te vas a morir, sí, pero quién sabe cuándo. Y ella también.


No soy el tipo de persona que cree en los milagros, porque yo no sería merecedora de ninguno.

También soy una persona muy supersticiosa. Pero hay cosas que sí sé.

Sé que cuando mi abuela murió, yo me había anticipado incluso a su olvido. Eso no sucedió, y para mí, su duelo fue más liviano. Más misericordioso.

Sin embargo, cuando mi padre falleció repentinamente, mi cabeza sólo tuvo una semana para balancear un duelo prematuro junto a una ínfima esperanza de no tener que despedirme entonces.

Pero tuve que hacerlo. Y esa muerte aún, 3 meses después, me es inabarcable e incomprensible.

Si me había pasado todo aquello (todo aquello y mucho más en un camino tan corto), ¿por qué iba a librarme de esta? Si no me había librado de nada, ¿qué le impedía al destino quitarme algo más?

Yo ya recé por ella hacía muchos años, muchos. Y alguna mano me tocó ese día y lo horrible no ocurrió.

¿Esa mano ha querido tocarme otra vez?

¿Es más sencillo que te toque si has perdido a tantos seres a los que querías?

Como tener muchos números en un sorteo o algo así.

La gente siempre busca consuelo en los peores momentos.


Hace una semana, miraba a los pies de mi cama y sentía a la muerte con todo su peso ahí. Mirándonos dormir.

Veía relojes, decaimiento y enfermedad. Veía cómo cada vez se apagaba más la luz y dejaba de tener sentido levantarse. "No quiero vivir esto, quizás si no estoy despierta, no ocurra". Pero las cosas ocurren igual.

Llevo dos días despertando de otra forma.

Ahora sé que nadie más que mi abuela se sienta en mi cama a verme dormir algunas noches.



Cuando amanece, me voy al salón a abrir la ventana y notar ese viento húmedo.

Normalmente, a esas horas, aún no he dormido.

Tengo el pelo como le gustaba a mi abuela. Me lo dejé para que pudiera reconocerme.

También tengo más de 40 cicatrices por todo el cuerpo.

El pasado abril, cumplí 34 años.



Esta tarde, Lumia estaba sentada en la mesa del salón, mirando a los pájaros por el ventanal. Ya no le gusta llamarlos para cazarlos. Sólo los observa. En ese lado del salón da el sol, pero hace fresco.

Nunca sé dibujarla, no sé si es marrón, gris o lo los dos. Pero sí sé que tiene una cicatriz desde el tórax hasta la ingle, y la almohadilla derecha tiene manchas negras y rosas. Como su nariz.

Siento que su pelo es más suave desde que no escucho su reloj.


La vida se ve de otra forma cuando te quitas la coraza preventiva y prefieres pararte a mirar los peces bajo el agua.



En julio, Lumia cumplirá 12 años.

Los cumplirá.



Z.


 
 
 

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